Una historia como tantas más, sin principio ni final

En una máquina de escribir vieja y herrumbrada , justo ahí en ese pergamino de papel, escrita una sola línea detenida en el tiempo. Una línea llena de todo y de nada, silenciosa y abrumadora, una línea que nunca llegó a ser, de un pensamiento que nunca debió de ser.

“Es hostil como el tiempo pasa sin quererlo, pero como los pensamientos no cesan” pensó Julia al leer esa línea que representó tanto en el tiempo. Ya serían pronto algo más de 15 años desde que alguien ponía un pie en ese cuarto, y solo después de 15 años Julia tuvo la fortaleza para asomar su curiosa y resignada mirada solo para encontrarse con lo que había temido desde ese entonces. El pasado.

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Parecía ya un leve y borroso recuerdo, cuando su joven y codiciado escritor pasaba sus horas entre ese cuarto, esa maquina y entre sus brazos, de repente para ambos la vida tenía sentido, habían dejado de ser dos almas enfrascadas en una oleada del mar, con su viene y van. “Son el uno para el otro” decían sus amigos en común, y pues así lo eran. Dos jóvenes como sacados de otra época, una de antaño, donde todo era más real, más lento y mucho más sincero, eran soñadores de otro tiempo. Se conocieron como lo hacia la gente en esos tiempos, por pura casualidad, así como toda buena historia de amor.

Ella era estudiante y el trabajaba en la librería al costado de la universidad, en el edificio viejo y con olor a guardado en la calle ancha. De repente casualidades de la vida los fue juntando mucho más frecuentemente, primero en la estación del tren, luego un domingo en el parque, otro día se les podía ver en el mismo bar, ella sentada con sus amigas, de las que ella era la más bonita, y a él se le podía ver en la barra del bar con unos cuantos conocidos más y un montón de papeles desordenados que llevaba a todo lado junto con una libreta en blanco.

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Aurelio, como casi nunca lo llamaban, era un joven disperso, sensato y con muchos miedos, hace más de dos meses que él mismo ya se había percatado de aquella chica castaña de ojos expresivos y mirada perdida, pero sus mismos miedos no le permitían tan siquiera reconocer su belleza. Trabajaba en esa librería como favor al dueño, un viejo, muy viejo amigo de la familia, al que apreciaba e incluso quería más que a su padre. Así como las hojas de su libreta, los días iban pasando, y ellos dos cada vez más cerca pero más lejos estaban, entre tantas casualidades y por una asignatura, Julia entró un martes frío de invierno a la librería, Aurelio atendía y ya no pudo escapar al destino.

Un simple y rutinario “Hola” y tres horas, dos tintos y cuatro cervezas después bastaron para que uno siempre estuviese presente para el otro. “Destino” era la palabra más utilizada cuando se les preguntaba a cualquiera de los dos sobre como se conocieron. Los años pasaron y ese mismo destino se convirtió en la vida, la vida se convirtió en lo que la vida siempre ha sido, un camino largo lleno de momentos reales, buenos y malos.

Ella termino su carrera como profesora e hizo de su vida lo que quiso y él hizo de ser una persona dispersa una virtud. Cinco novelas, veinte cuentos cortos y dos poemarios después, ya los nombres de Julia Volio y Aurelio De la Vega eran conocidos.

Sus vidas pasaron juntas, ella junto a él y él junto a ella. Sin más trascendencia que el coincidir en un momento y a una hora correcta, así el tiempo y la vida los vio llegar a viejos, sin malgastar su tiempo, sin añorar algo más porque entre ellos dos tenían lo que el mundo entero desea. Pero la vida nunca deja de ser real.

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Aurelio, quería sorprender a Julia con un regalo que con todos los años encima nunca había llegado, en secreto se había propuesto escribir un recuento de su vida juntos, se sentó, puso el papel en la maquina de escribir, redactó la primera línea y en el medio de todo se acordó de su extraño habito de masticar menta fresca al escribir, tomó su sombrero, sus llaves, y se despidió de un beso de Julia, “vuelvo en veinte minutos nomás”  así caminó hasta el mercado central por unas ramas de menta y algo para el café de la tarde, en el camino de vuelta, iba pensando en las casualidades de la vida, en como entre tantos giros había terminando justo y como lo soñó, pensó en sus libros, en sus obras, en sus sueños, pero sobre todo en Julia.

De camino a casa, Aurelio tomaría su último respiro, un ataque cardíaco sin anunciarse se llevaría su último respiro, pero Julia siempre tendría su último pensamiento. Fue un martes de verano, la tarde en la que la vida, así como lo trajo se lo arrebató a Julia, así como la vida nos ha arrebatado a todos a alguien, muy pronto y muy injustamente, así de escabullida y traicionera llegó la muerte.

Julia, mandó a cerrar aquel cuarto, le reprochaba a la vida y a la menta que se lo hubiese llevado, repaso por años esos últimos momentos, pero como todo, el tiempo pasa, las heridas sanan, los vacíos quedan y aquellos momentos felices son los que más perduran en nuestras memorias.

Poco a poco Julia dejó de culpar al tiempo, a la menta y a la vida. Poco a poco llegó a entender los enigmas de la vida. Conforme sus heridas fueron sellando sin dejar perder la cicatriz, decidió volver a abrir ese cuarto detenido en aquella tarde de verano de un martes cualquiera. Empezó a rebuscar entre papeles, cosas y memorias. Entre libretas, hojas sueltas y recuerdos. Entre tantas cosas, una carta sellada, en esa carta, un poema, con fecha de una semana antes de tan siquiera conocerse, con una dedicatoria que decía “Para la chica castaña de ojos expresivos y mirada perdida” empezó a leer en desde muy adentro.

“ En el fondo siempre sabemos que solo los años pasan.
Sigue siendo abrumadora la distancia.
Tu y yo, en una enigmática encrucijada,
Después de tantas cervezas, aún sigo sin entender ni saber nada.
Tampoco quiero entenderlo, de ser así, ya no puedo culpar al tiempo,
culpar a tus recuerdos, culpar a tus miradas y a los mismos pasos que sigo siguiendo.
Eres la luz a la distancia, y yo la polilla aferrada a la verdad, tu resplandor será mi final.
Dame un último suspiro, déjame creer en el tiempo, en tu último aliento, déjame recordar más allá de tus huesos que la imagen de tu rostro en mi cabeza ya se está desvaneciendo.
Y al final sabemos que lo único que pasa son los años
Yo añorando a la extraña de la mesa del frente,
Ella tan cerca y distante, destino la llamo, porque en ella creo.”

Old Desk with Vintage Typewriter. Aged Desk.

Luego en su máquina de escribir vieja y herrumbrada , en un pergamino de papel, estaba escrita una sola línea que había quedado detenida en el tiempo. Una línea llena de todo y de nada, silenciosa y abrumada, una línea que siempre fue “Para Julia, mi vida, destino, mi camino…”

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