Seis Tequilas y las memorias de aquella Fátima Escobar

¿De qué sirven tanta luz si no vemos nada?” dijo Fátima a Doña Dolores, ella recorría la ciudad como cualquiera, calle arriba y calle abajo, las noches eran su mayor abrigo mientras que las mañanas el antídoto para el olvido. Un tequila por noche y un rostro que con los años olvidara pero que el olor desde el primero hasta el último siempre queda. “Puta” así contesto cuando le preguntaron por su profesión una vez que quiso entrar a estudiar, Fátima que ya iba a cumplir 25 años que de virgen solo tenía el nombre, nunca conoció el amor, lo vio pasar, pero lo ignoró, porque su corazón no podía lidiar con ese sentimiento, como tarifa pedía un tequila más la cuota básica.

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Doña Dolores la invitó a su casa una noche, huérfana de nacimiento para Fátima, doña Dolores fue lo más cercano a una madre, más que la dueña del cuarto donde vivía, Dolores era su amiga y en más de una ocasión su moral y su conciencia. Una botella de guaro en la mesa, cigarros que sabían a algo más que tabaco y cinco trabajadoras más esperando que empezara la jornada, llego a acostumbrarse a esa rutina, a vivir entre el humo del tabaco, la música de la Rockolla, la guitarra vieja de José Talavera, que tocaba con pena más que con sus dedos, desde que había quedado ciego; Era un callejón, angosto, estrecho en el que noche a noche, tequila tras tequila los clientes llegaban a el local. Ella más que una puta era una leyenda, atrás quedaron los tiempos de gloria, era algo más místico, más de tres generaciones pasaron por sus piernas y aun así su presencia hacia las rodillas de los más jóvenes temblar y los más viejos añorar, San José había envejecido con ella y así como la ciudad Fátima también había perdido su belleza, pero muchos la recordaban por “esa que una vez fue”, así como la capital que, en su tiempo, cómo la recordaban los viejos eran la más bella. Se cruzaba de piernas, con sus tacones rojos y sus medias largas, negras como su cabello, su olor mezclado entre vainilla y tabaco, entre perfume y sudor, ese olor que a lo largo de los años se impregnaba aún más en su piel, así transcurrían los días, así se había pasado más de la mitad de su vida.

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Era un día flojo, una noche de enero, no había plata ni para el placer, Talavera con su guitarra cínica y dolorida, tocaba los acordes de aquella canción que nunca había de olvidar, Fátima cerraba sus ojos y recordaba como de joven Doña Dolores le reclamaba su profesión, “Busca de Dios y deja esos caminos mi chiquita, que te me vas podrir del alma para afuera”. El sonido de la guitarra fue opacado por un suspiro súbito, Fátima abrió sus ojos curiosa por el repentino silencio, vio una silueta entrar por las puertas del viejo local de madera que sonaba con cada paso, la silueta de un hombre conservado en el tiempo, con las mismas canas y arrugas desde que Fátima lo vio por última vez, como que si los diez años que pasaron desde la esa vez que sus ojos lo vieron hubiesen sido una siesta y nada más, siesta de la cual ella acaba de despertar, las palabras no le salieron con fluidez, la silueta familiar llego pidió una botella de tequila, se sentó a su lado, saco su encendedor, prendió el cigarro de Fátima “ Todo sigue igual” Le dijo Fátima sin mirarlo a los ojos  “así lo ansiaba” Dijo Leonardo Villavicencio, viajero que alguna vez había llegado a San José buscando algo más que dolor y encontró a Fátima desnuda entre sus sabanas muchas madrugadas, había viajado por el mundo buscando nada y en Fátima había encontrado todo. “No quiero revivir el pasado” Dijo Fátima, “Yo solo vengo a recordarlo”, Leonardo abrió la botella sin quitarle la mirada de encima, sirvió seis tequilas, uno para ella, uno por el pasado, uno por el presente, uno por el futuro, uno por el olvido y el más amargo por el recuerdo, puso los cigarros en la mesa y la miro a los ojos.

 

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Fátima no podía dejar de admirar como los años no habían pasado por Leonardo mientras ella cada vez que se miraba al espejo veía que el brillo en sus pupilas se ausentaba más, había sido una de esas historias de amor que solo se veían en cuentos, el letrado de la escuela Filología española e italiana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Carolina de Praga , se había enamorado de la puta de San José y ella en su mundo no podía dar paso a la fantasía de esos días porque él no partencia a este mundo ni ella a el de él. Leonardo la había conocido a ella siendo solo un joven iluso, siendo un soñador, que conocía el mundo pero no sus calles, un día por curiosidad o destino como le gustaba decir, se detuvo en aquel bar clandestino ubicado en el corazón de San José, se sentó curioso y algo asustado, Fátima vio a aquel Joven alto de muy buen vestir, flaco, lentes gruesos, cabello oscuro y ojos tristes, mirada ansiosa, Fátima se acercó a su mesa con la seguridad de que sería suya y que sería un par de pesos más en su bolsillo. Dé esa Fátima quedaba nada más el recuerdo, 20 años habían pasado por ella, por el bar, por sus piernas, por su garganta, 20 años de licor y tabaco, desolada en la soledad, en un mar donde no quedaba más, que la misma soledad y el castigo que el privilegio de haber sido amada le había dejado, esa esperanza, ese veneno lento pero certero que al pasar de los años le seco el corazón, esperanza de una vida lejos de ese cuarto oscuro, del humo, del licor, de los perfumes baratos, una vida alejada de esa vida que no era vida, donde los besos se venden por centavos , donde el frío de la noche no calienta los cuerpos desnudos porque no existe amor, largo de esa vida que en lugar de vida era una agonía, la esperanza que con cada año que pasaba envenenaba más su corazón esa esperanza que la dejo sin ganas de añorar.

 

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Ella le guardaba exclusividad desde aquel primer encuentro pasarían años antes de que alguien más volviese a estar en el colchón de Fátima, ninguna otra oferta ningún otro pretendiente ,no hubieron suficientes tequilas en el bar para ocupar el lugar de Leonardo, él cada vez más habitual y frecuente, como pasaban los días, los meses y consecuentemente los años, su miedo, su inhibición y todos esos estigmas sociales se perdían, aunque nunca lo dijo en voz alta o en público él se había enamorado de una puta, de esa puta que más que placer y un deseo incontrolable que no se saciaba con sus encuentros diarios, más que eso le había abierto los ojos a un mundo ,a una realidad tan ajena, tan diferente a la suya que le parecía muchas veces difícil de creer, de esa puta que le dio un sentido a su vida y el a ella. “Éramos tan jóvenes y locosla soledad de su mundo, se juntó con la soledad de Leonardo, aunque distintas, soledad al fin, ella entre putas, el entre “gente bien” pero al final solos “¿qué haces acá?” Pregunto ella después de vagar por los recuerdos que le producían esos ojos que aún no habían envejecido “vengo a cumplir el último deseo de un condenado” dijo Leonardo, ella lo miro con la indiferencia que se había entrenado a sentir desde que despertó esa noche, su última noche juntos y que al despertar no encontró más que una carta en blanco que decía adiós y gracias junto con un sobre de dinero suficiente para dejar esa vida atrás, con la indiferencia de las metáforas de Leonardo le causaban porque muchas veces no las entendía. “vengo a morir en tus brazos” Dijo Leonardo mirándola fijamente a los ojos, de pronto aquellos ojos jóvenes que se habían conservado desde la última vez que los vio se quebraron y su mirada envejeció, no era una metáfora o una analogía, Leonardo estaba a punto de morir, viajó por todo el mundo buscando ser feliz pero le había huido a la felicidad misma, Fátima había sido el sinónimo verdadero de felicidad, durante sus viajes por todo el mundo la pensaba, no importa cuántos labios besara, cuantas camas probara, Fátima fue su amor, había huido para encontrar algo más que ella pero en ella estaba todo, se fue huyendo de todo lo que buscaba y en ella encontró.

 

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El silencio se hizo absoluto, basto solo las miradas para decirse todo lo que no se habían dicho por años, todo lo que había quedado guardado, todo lo que les enveneno el alma, todo lo que se extrañaron, todo lo que se odiaron, todo lo que por años guardaron en el ático del olvido, ella lo quiso abrazar y prometerle que todo iba a estar bien, Leonardo nada más quiso volver a casa. Los días volvieron a ser días, fechas con sentido, los días volvieron a ser importantes, el café por las mañanas, las cenas por las noches, Leonardo le contó todo lo que ella supo pero igual quería escucharlo, Fátima lo lloro en silencio, lo cuido con el amor y devoción de la madre que nunca tuvo ,fuera del humo, de las luces, fuera de las noches eternas y las madrugadas inciertas, lejos de las mañanas de goma, era una rutina divina, una rutina con la que Fátima soñó desde niña, una rutina de “mujer decente” , una mañana de tantas mientras Fátima aun dormía, Leonardo preparaba el café, se miró al espejo ubicado en la sala de su apartamento y miro un semblante que llevaba años de no ver , un brillo en los ojos que extrañaba tanto como el mismo sentimiento de la vida, como la sensación en su estómago, Leonardo era feliz una vez más, había encontrado la felicidad en la sala de su casa, en la rutina, había encontrado la felicidad en el rincón más íntimo de su vida, junto con la mujer que le dio una razón para creer en el amor, lejos de todos los viajes, lejos de fronteras extranjeras, Leonardo camino por todo el mundo buscando algo que al final estuvo siempre en sus manos, camino hacia Fátima , la beso y le dijo “gracias” ella despertó y sin necesidad de palabras lo beso y sus ojos se llenaron de lágrimas. Era un martes, la lluvia caía como grandes cantaros de agua que se rompían en el cielo, llovía por días, por meses, casi se llegaron a sentir como años, como si la lluvia se encargó de lavar todo el resentimiento, todo el miedo, todo los sentimientos que una vez envenenaron dos corazones jóvenes y locos, mes tras mes la lluvia inundo todo alrededor y solo ellos dos quedaron, solos en su mundo, en su rincón aislado de toda maldad, de todo pasado, pasaron más días en el calendario de los que podían contar, los días eran nada mas eso días donde ellos aprendieron a hablar sin palabras. Fue un martes y la lluvia ceso repentina y calladamente, así como el corazón de Leonardo y con él se llevó todos los recuerdos de Fátima, se fueron así como llegaron, inesperada y repentinamente, ella enterró a su amor y todo lo que significaba y significo, murió Leonardo y con él su esperanza, murió Leonardo y junto con el murió ella.

 

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